
No me malinterpreten: no les puedo juzgar. Podría, si les comprendiera. Solamente me permito forzar la vista e intentar leerles en la oscuridad.
Pero, ¿saben? Me niego a creer que sea todo culpa mía. Yo no veo a nadie sudando por adivinar mis motivos y mis causas: tal vez me explico con sobresaliente, tal vez no les interesa. Pero yo les presento mis ganas de descodificar sus dígitos, me tumbo sobre la mesa de operaciones con los prejuicios y los rumores en blanco. ¿Por qué, entonces, apuro el día sin respuestas? ¿Por qué me sigue extrañando, al final de la jornada, que regales la fortuna de tus horas a un ser etéreo, en el mejor de los casos, o al aire, en el peor de ellos?
Pues porque dedicasteis demasiado tiempo a intentar tocar el cielo, y os olvidasteis del asfalto sobre el que os movéis. Nadie se esforzó por dilatar mi comprensión, por entrenar mi tolerancia. Y como no la tengo en forma, cuando la pongo a prueba ante el mundo, sucede lo inevitable: me canso.
Pues porque dedicasteis demasiado tiempo a intentar tocar el cielo, y os olvidasteis del asfalto sobre el que os movéis. Nadie se esforzó por dilatar mi comprensión, por entrenar mi tolerancia. Y como no la tengo en forma, cuando la pongo a prueba ante el mundo, sucede lo inevitable: me canso.