miércoles 21 de octubre de 2009

De contornos y estrías

Yo soy esa línea que trazas sin clemencia. Lo soy, y sé que nadie me lo está pidiendo, pero con más fuerza me aferro a sus estribos. Yo soy esa línea que marca tus límites, que limita tus marcas, que separa esos dos mundos en los que no paras de situarme...sin darte cuenta de que no pertenezco a ninguno, porque estoy justo en medio. Donde está la bisectriz, allí me encuentro.
Estoy de pie sobre la frontera entre lo escaso y lo excesivo, entre tu escasez y tu exceso, porque eres quien lo dibuja. Y yo me limito a desplazarme sobre la aduana, manteniendo el perfecto equilibrio y sin tambalearme ni un ápice, por miedo a pisar campo de batalla. Vivo sobre su trazo porque así jamás rebasaré tu permiso, porque me niego a alejarme de tu pulso.
¿Y la mía? La mía eres tú también, porque yo la esbocé bajo las suelas de tus zapatos.

domingo 18 de octubre de 2009

Filarmonía

Caminaban los dos ya sin prisa, exhaustos, rendidos al día, pero cercanos. La pendiente del pavimento ayudaba a sus pasos a dejarse llevar calle abajo, sorteando peatones, evitando tropiezos y esquivando las miradas de vendedores ambulantes y mendigos. Uno de ellos, sin embargo, provocó una interferencia en la comunicación de ambos. Durante un par de segundos, quizá tres, ella le hablaba de cualquier menudencia pero él no la escuchaba. Un acordeón reemplazaba sus palabras. O más bien se entremezclaba con el timbre de su voz, la melodía se fundía con la ligereza de sus sílabas, ya difusas, evaporándose en el aire. Así se lo pareció a él.
Regresó al discurso de su interlocutora y se rindió a la inercia de las calles empachadas de sábado. De alguna manera, no obstante, el acordeón seguía tiznando su paseo. Aminorando el paso, rebuscó en su bolsillo izquierdo, frenó en seco y dio media vuelta. A ella no le importó ver su crónica interrumpida sin disculpa, la escena suplente bien lo merecía. Él desandó con calma cansada los escasos metros que lo separaban del músico, le dio una moneda, y volvió sin más teatro ni excusa al lugar desde donde su acompañante, a punto de retomar la conversación, lo miraba embelesada.




miércoles 14 de octubre de 2009

Motas de ausencia

Había una nota pegada en la nevera:













He decidido que me marcho, esta vez para siempre. Llámame sólo si de verdad me necesitas


Qué amplia sonaba aquella oferta. Se le ocurrían más de cien motivos de verdadera necesidad, pero era consciente de que tendría que dar un trato de preferencia a algunos sobre otros, o él se volvería inmune a sus reclamos. Así, elaboró una lista con las causas que le harían arañar su puerta con urgencia.
Sabía, en primer lugar, que le necesitaría para cerrarle la cremallera de la espalda del vestido amarillo. También echaría de menos su ayuda al doblar las sábanas y los manteles, o su irreemplazable tarea de sujetar el plato cuando ella le daba la vuelta a la tortilla de patatas. Le haría falta de igual manera para levantar el sofá del salón cuando se le perdiese la tuerca de algún pendiente y lo andase buscando como loca por el suelo.
Y para probar la salsa y confirmar que le faltaba un poco más de sal.
Y para soplarle fuerte en el ojo cuando se le metiese alguna mota de polvo.
Y para abrir el tarro de la mermelada, que estaba siempre tan duro.
Y para matar la araña del cuarto de baño.
Y para apagar la tele cuando ella se quedase dormida en el sofá.

Examinó la lista con satisfacción y, de repente, soltó una estridente carcajada. Se le había olvidado lo más importante.

Para seguir dejándome bromas pegadas en la nevera.

domingo 4 de octubre de 2009

Añicos

Tenía una pequeña cicatriz en la boca, un caprichoso garabato que daba una pincelada única a su labio inferior. Era una boca párvula, de un color casi neutro, una boca tan absurda que jamás habría llamado la atención en solitario. Sin embargo, aquella marca arbitraria la hizo irresistible para él, quien, con una atención hipnótica, seguía minuciosamente el baile de movimientos labiales que tenía lugar en todas sus charlas. La contemplaba morder el lápiz en clase, soplar el polvo de la libreta o fumar a escondidas en el recreo, y perseguía sus ajetreos movido por un único incentivo. Se obsesionó de tal manera con la cicatriz, que imaginaba su textura, su suavidad, su sabor. Fue tan intenso el empeño, que en ocasiones ni él mismo sabía si ansiaba besarla a ella o a la marca impresa en sus labios.
Habían pasado casi diez años cuando volvió a ver su graciosa figura contonéandose a través del un paso de cebra. Él avanzaba en la dirección opuesta, y al instante reconoció a la musa de su niñez. Recordó la cicatriz nítidamente, y su alusión eclipsó cualquier otro pensamiento. Tanto tiempo después aún seguía rendido ante su influjo. "No iré a trabajar" se convenció en un segundo, "la seguiré si es necesario". Pero no habían terminado de tomar forma estas ideas en su cabeza, cuando todos sus esquemas se desplomaron ante él. "¿Dónde está la cicatriz?"
Se detuvo en seco, miró con grosero descaro, casi defraudado, cómo pasaba por su lado y volvió en sí como por arte de magia. Se había roto el hechizo, era por fin libre, sin embargo ¡qué libertad tan vacía! Suspiró, comprendiendo con pesar que, en realidad, jamás había estado enamorado.

Y reanudó su marcha, maldiciendo entre improperios, al inventor del carmín.


domingo 13 de septiembre de 2009

El último paseo

Antes, cuando creía que su fuerzas ya estaban apurando el final del vaso, se levantaba tarde y lo hacía todo con calma. No tenía prisa por llegar al aseo donde, bajo la supervisión de cualquiera de sus niños, mojaba un algodón en un vaso y se limpiaba los ojos con una precisión de relojero. Se ponía la dentadura tranquilamente, y se engañaba a sí misma haciéndose creer que se peinaba con las yemas de sus dedos anquilosados. El espejo le hacía un guiño cruel, y ella le devolvía una mueca resignada. "Este es el último paseo", solía decir, y emprendía su pausada marcha encaramada al tacatá.
Ahora que ya sabe que el final del vaso no es más que un agujero, nunca despacha el sueño. Duerme más de lo que le apetece, poniendo a prueba, sospecho, su capacidad para despertar. Se ha rendido ante las insistentes ofertas de ayuda, y sin darse cuenta se ha convertido en la inválida que siempre se negó a ser. Ahora es el mismo tacatá, su antiguo compañero de andanzas, el que la mira desde un rincón con ese gesto suplicante que sólo vemos en las cosas que ansiamos. Y ella sigue devolviéndole su ademán de infinita resignación, mientras intenta acordarse de lo que ha desayunado.
Sigue usando, ritualmente, el algodón para limpiarse la cara, pero ahora lo lleva siempre en la mano, y se frota insistentemente el ojo ya casi seco. Y a veces, cuando se distrae, no reconoce a quien tiene delante, y eso le da mucha vergüenza. "Las cosas del último paseo", se consuela ella, y en ese momento vuelve a acercarse el algodón a las pestañas, húmedas esta vez, y un reflejo me insinúa que se le ha escapado una lagrimita.
"Para dar el último paseo, ¡una tiene que ponerse en marcha, abuela!" Ella me mira y sonríe para sí, promete poner de su parte, y yo prometo llevarla en brazos si no le llegan las fuerzas. "¡Acabo de acordarme! esta mañana he desayunado fruta".

jueves 27 de agosto de 2009

Por unos momentos

Cuando la veía fuera de su propio hábitat, llevando un disfraz de ropa y camuflada en su falso recatamiento, podía encontrarle un destello de atracción. Si se acercaba a mí, y y me dejaba olerla, subía un peldaño más y empezaba a descubrir en su figura perfecciones y vértigos jamás imaginados, tan sólo con su aroma. Ella entonces rozaba mi mano, o mi hombro, con su propia piel descubierta, con esa gasa que cubría sus delicadas curvas y me trasladaba a otro hemisferio de sentidos. Con un contacto tan temprano ya podía empezar a garabatear en mi imaginación palabras bonitas para ella.
Hasta aquí era yo un ser humano, nada más. Atracción real, fijación tangible, fácil de entender, en definitiva. Pero al flanquear el umbral de su desnudez, todo raciocinio quedaba automáticamente descalificado.
Ya no era yo, el ser humano corriente atraído por una dama; me transformaba en un hombre machacado por una obsesión casi enfermiza, la de poseerla a toda costa, y al mismo tiempo ser dueño de los versos más selectos que poder susurrarle sin pausa. Y a pesar de lo mucho que lo negaba después, la amaba con todas mis fuerzas cuando el deseo me hacía entregarme por completo a ella. Solamente entonces dejaba de ser una mujer más, para convertirse en mi musa, en aquella que me hacía desear, por unos momentos, regalarle la totalidad de mi existencia.
Unos minutos duraba aquel amor ciego y descontrolado, y después, silencio. Se encogía silenciosamente y volvía a su tamaño real. O al más irreal de todos, qué se yo. Conforme se alejaba de mí su esencia, perdía también mi sumisión a ella.
Por eso siempre supe que no sería capaz de quererla a tiempo completo, pero ¿quién puede decir que aquel amor, limitado a la brevedad de los cuerpos, fuese inferior a cualquier otro? ¿Por qué para amar de verdad uno debe hacerlo todo el tiempo? Puedo jurar que la intensidad de sus minutos compensaban con creces la ausencia de sus horas, y para mí aquello siempre fue más importante que cualquier promesa de envejecer juntos.

lunes 24 de agosto de 2009

Segundos

Si tuviese solo un segundo no lo dudaría en absoluto.
Si supiese que sólo tiene un segundo todo sería dejarse empujar.

No sabe reconocerme en un reflejo ajeno, conoce esa limitación. Y jamás sabrá, porque ese es su papel y es el único que ha memorizado. No puede fingir que hay tiempo cuando martillea ese tic-tac insolente sobre su nuca, y tampoco que todo está ya perdido y no importa un golpe más. ¿No lo ves? No queda poco tiempo, ni mucho ni demasiado, queda la vida entera. Sin embargo, si fuera sólo un segundo, qué fácil sería colocarlo entre unos dedos conocidos.