miércoles, 25 de mayo de 2011

Monumento al movimiento


Había una figura que contenía el aliento y hacía levantarse el telón. Se movía como el fuego, que se desliza y resbala sobre la oscuridad fija, que ciega y abrasa la retina del público sin dejar por un momento de atraer. Era hipnótico su ritmo, su pasión, su balanceo. Era más que una escultura renacida, era una obra de arte con una vida tan fugaz como su actuación.
Las pestañas del patio de butacas no se atrevían a dejarse caer. Tenían miedo a perderse un instante de deleite, a que se les escapase un golpe de cadera, una torsión imposible, un giro perpetuo o algún otro truco mágico que tuviera escondido la bailarina. Querían contemplar cómo parecía volar, cómo se deshacía en vapor de agua y gasa. Ella nacía y moría en cada movimiento, sin envejecer jamás. Era un trance de agilidad y frescura, de telas y luces derritiéndose al compás.
Nadie habría sabido dejar de mirar, nadie lo habría hecho hasta el inoportuno y trágico final de la canción. Entonces el hada de pies invisibles, ya sin melodía y de nuevo humana, se dejaba arrastrar por una fuerza egoísta y terca que la sacaba de escena.
El aplauso, a estas alturas, era ya lo de menos.

lunes, 25 de abril de 2011

Limítrofes desconocidos

Caminaron juntos, como dos universos distintos de experiencia y sentimientos, incapaces de comunicarse entre sí
W. Golding
Al salir de casa, se sorprendía más de la feliz ignorancia de los que se quedaban, que de la impactante versatilidad de sus vecinos. Acaso su propia actitud en los días ya pasados, antes de flanquear el tranco de su puerta, era también indignamente ajena a una realidad tan enraizada al jardín de al lado. Sí, también ella había sido ingenua y despreocupada; ahora le asaltaba la rotunda certeza de que ambos adjetivos eran, una vez perdidos, imposibles de recuperar.

jueves, 14 de abril de 2011

Tant per aprendre


Tendré que aprender a vivir con el miedo agachadito de que todo esto termine. A no marearme cuando me lleva él en brazos, a no añorar con tristeza aquello que decidí no tener. Tendré que aceptar que la soledad es parte de la compañía, el error es parte de la perfección y la muerte es parte de la vida. Aún tendré que convencerme de tantas premisas que detesto, ¡solo así podré dejar de odiar! Y llegaré a darme cuenta de que cuando grito al volante solamente puedo oírme yo.
Tendré que aprender a creerle cuando dice que me sientan bien las sábanas; aprenderé a no quemar las palomitas y a cocinar con nuez moscada. A mirar cómo otros leen, a callar cuando otros hablan.
Aprenderé a no dejar que mi entrañas se exhiban en una vitrina, a no buscar un disfraz de ciudadano con el que pertenecer a otros, y a no arrugar la nariz si hay quien sí quiere hacerlo.
Más difícil todavía: tendré que elegir un perfume que usar con orgullo a diario, pero sin temer salir de casa sin llevarlo alguna vez. Un perfume que se llame "lo que opinen los demás".
Me gusta verte jugar,
cómo pronuncias mi nombre,
y me gustan las palabras
que tú eliges al hablar

martes, 8 de febrero de 2011

Descenso


Entró en la cocina con la mano abierta, a la altura de la cintura, sosteniendo al pajarillo con las plumas despeinadas. "Se ha muerto", dijo bajito, como si no terminase de creérselo. Como si quisiera que nosotros le negásemos la evidencia de que aquel mustio cuerpo inerte ya no volaría más.
Se le había apagado en la mano. Después de toda la mañana oyéndole piar bajito y acurrucado en un rincón, apurando calor o penumbra, o tras un sitio digno en el que decir adiós a su cajita de cartón con agujeros. Después de horas de búsqueda de algún remedio en foros, en libros, en su imaginación a la desesperada. Entró en la cocina sujetando con cuidado aquel rígido azul de pico abierto. Ninguno le preguntamos si estaba seguro, si lo había comprobado. Sabíamos que él lo sabía, porque le temblaba la mano en la que acunaba a su mascota. "Se ha muerto", dijo deprisa, para que no le fallase la voz. Y todos callamos entonces, nos volvimos más ligeros, nos ablandamos por dentro. No es que se hubiese muerto el pájaro, es que se le había muerto a él.
Tardamos en reaccionar, porque nos sacudió la escena. Alguien lo lamentó en voz baja, sobre un silencio en equilibrio que incluso la voz de la radio amortiguó con respeto. Él hipaba bajito, sollozaba bañado de impotencia y se dejaba consolar. Ya no es importante quién le quitó al animalito de las manos, o le mandó lavarse la cara, porque eso fue después. La mudez entrecortada había sido devastadora, hasta para quien la oyó de lejos, hasta para quien no entendió por qué. No es que nos importase el pájaro, es que le había importado a él.

jueves, 27 de enero de 2011

Será

Cuando despegue, levantaré tanto polvo que os nublará la vista. Os observaré desde arriba, examinando con deleite vuestras muecas, rememorando todas las veces que rechazasteis un trozo del pastel. Y ya no tendré envidia. Me habré liberado de ella, de todas las promesas que deposita en mi edredón, y de todas las angustias que me animan a querer volar.
Cuando despegue, os acordaréis de mi, de mis fracasos, de cómo me lloraban las heridas, de cómo me sangraba la mirada. Yo, para ese entonces, ya me habré olvidado de vosotros.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Un domingo telefónico



El teléfono quiere espuma de cerveza
Aunque no, la mañana no es hermosa ni rubia
(L.G. Montero)

¿Qué pasa cuando somos dos, pero no lo somos a la vez? ¿Es romance también el esfuerzo de los días de lluvia?
Yo contemplo los despojos de tu mitad en la mía (la ropa olvidada, las huellas de barro, la canción...) mientras preguntas cuándo volveré. Y miro fijamente el calendario, porque el hambre de este domingo habrá de durar aún semanas.
Me acostumbro a acostumbrarme, pero ves que no me puedo conformar. Me acostumbro a estar contigo, pero no es igual que estar en ti. Es tan fácil ovillarse en tu regazo que celebro con más ufanía y mérito los días que camino sola a la estación, que los que vienes conmigo. Éstos últimos, quiero creer, serán mi rutina. Mis visitas, ya lo dijiste, son como la vuelta al hogar. Mi vida real futura, hoy dura diez días al mes.
Lo demás, lo de ahora, se va transformando en pasado a medida que engullo las horas. Esta frase ya es remota, esta pena ya ha acabado, esta tarde ya es ayer.