martes, 8 de febrero de 2011

Descenso


Entró en la cocina con la mano abierta, a la altura de la cintura, sosteniendo al pajarillo con las plumas despeinadas. "Se ha muerto", dijo bajito, como si no terminase de creérselo. Como si quisiera que nosotros le negásemos la evidencia de que aquel mustio cuerpo inerte ya no volaría más.
Se le había apagado en la mano. Después de toda la mañana oyéndole piar bajito y acurrucado en un rincón, apurando calor o penumbra, o tras un sitio digno en el que decir adiós a su cajita de cartón con agujeros. Después de horas de búsqueda de algún remedio en foros, en libros, en su imaginación a la desesperada. Entró en la cocina sujetando con cuidado aquel rígido azul de pico abierto. Ninguno le preguntamos si estaba seguro, si lo había comprobado. Sabíamos que él lo sabía, porque le temblaba la mano en la que acunaba a su mascota. "Se ha muerto", dijo deprisa, para que no le fallase la voz. Y todos callamos entonces, nos volvimos más ligeros, nos ablandamos por dentro. No es que se hubiese muerto el pájaro, es que se le había muerto a él.
Tardamos en reaccionar, porque nos sacudió la escena. Alguien lo lamentó en voz baja, sobre un silencio en equilibrio que incluso la voz de la radio amortiguó con respeto. Él hipaba bajito, sollozaba bañado de impotencia y se dejaba consolar. Ya no es importante quién le quitó al animalito de las manos, o le mandó lavarse la cara, porque eso fue después. La mudez entrecortada había sido devastadora, hasta para quien la oyó de lejos, hasta para quien no entendió por qué. No es que nos importase el pájaro, es que le había importado a él.

jueves, 27 de enero de 2011

Será

Cuando despegue, levantaré tanto polvo que os nublará la vista. Os observaré desde arriba, examinando con deleite vuestras muecas, rememorando todas las veces que rechazasteis un trozo del pastel. Y ya no tendré envidia. Me habré liberado de ella, de todas las promesas que deposita en mi edredón, y de todas las angustias que me animan a querer volar.
Cuando despegue, os acordaréis de mi, de mis fracasos, de cómo me lloraban las heridas, de cómo me sangraba la mirada. Yo, para ese entonces, ya me habré olvidado de vosotros.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Un domingo telefónico



El teléfono quiere espuma de cerveza
Aunque no, la mañana no es hermosa ni rubia
(L.G. Montero)

¿Qué pasa cuando somos dos, pero no lo somos a la vez? ¿Es romance también el esfuerzo de los días de lluvia?
Yo contemplo los despojos de tu mitad en la mía (la ropa olvidada, las huellas de barro, la canción...) mientras preguntas cuándo volveré. Y miro fijamente el calendario, porque el hambre de este domingo habrá de durar aún semanas.
Me acostumbro a acostumbrarme, pero ves que no me puedo conformar. Me acostumbro a estar contigo, pero no es igual que estar en ti. Es tan fácil ovillarse en tu regazo que celebro con más ufanía y mérito los días que camino sola a la estación, que los que vienes conmigo. Éstos últimos, quiero creer, serán mi rutina. Mis visitas, ya lo dijiste, son como la vuelta al hogar. Mi vida real futura, hoy dura diez días al mes.
Lo demás, lo de ahora, se va transformando en pasado a medida que engullo las horas. Esta frase ya es remota, esta pena ya ha acabado, esta tarde ya es ayer.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Cuerpos celestes y cuerpos tostados

¿No ves que acaba de salir a conversar? Sí, la miro y me convenzo, está charlando con mi deseo. Asoma su mano de niña por la ventana, paladea un rayo de sol y decide que está a punto. El astro la está esperando, y yo ya empiezo a competir con sus destellos.
La persiana se levanta como un telón de teatro, y descubre a su artista invitada envuelta en una toalla azul cielo, o verde mar, o gris marengo, qué se yo... mis ojos no ven más colores que los que mi cabeza imagina. Y adivino sus lunares, el corte del bañador, la picadura de mosquito del muslo izquierdo. ¿No te das cuenta? Me está provocando. Pretende que la contemple, y yo me dejo convencer.
Se pasea descalza por la terraza vacía, y desde aquí me fascina hasta el polvo que se pega a sus talones. Acerca su libro de drama barato, se ajusta las gafas de sol, bebe un sorbito de agua... ¡qué delicia de sabor, lo insípido en su boca! Y ahora fíjate, es mi momento preferido, ¿lo ves? Se escapa de su envoltorio y saca su figura a relucir. Lleva un bañador rosa palo, o blanco roto, o lila claro, o... ¿te has fijado? Se ha rascado la cintura. Es esbelto su arañazo, también. Como si escarbara la tierra húmeda para enterrar su botín, o su presa. Yo me inclino más por lo segundo, ¿tú no? A mí, de todas formas, ya me tiene muerto en vida.

lunes, 22 de noviembre de 2010

La Frontera

He aprendido a conformarme y hacer pequeño mi universo. Piedra a piedra, he levantado un muro que no deje pasar la luz a partir de las cuatro de la tarde, que es cuando ella brilla más. Aquí dentro me acurruco entre las cosas pequeñas que caben en la impotencia. No pude llevarme conmigo más que la carroña que ella no quiso, más que lo que no me intentó arrebatar. Porque todo lo demás fue suyo sin disputa y sin esfuerzo.
Puedo amontonar todos mis bienes y abusar de ellos hasta quedar satisfecho. Lo tengo todo en el mundo, porque ese mundo lo invento yo, y aquí no hay sitio para ella. Soy la persona más feliz que hubo nunca en este planeta, porque es mío, pero no soy dueño de aquello que vive más allá de mis fronteras.
Tú te sientas a mi lado, y eres todas las mujeres, todas las que caben aquí y la mejor que he dejado entrar. Y dentro de mi universo, del nuestro, Te quiero más que a ninguna otra. Ella fue antes, o lejos, o olvidada. A ti te basta, me parece, con saber que no te destronarán. A mi me basta, o eso espero, con lo mejor que puedo poseer.

lunes, 15 de noviembre de 2010

el eterno pasajero

Dicen que el olfato se vicia. Que si aspiras el mismo aroma durante un buen rato, tu nariz se fatiga y deja de intentar convencerte.
Como una ráfaga de luz, que te ciega unos segundos; o como un sonido tan agudo que sigue imantando pitidos mucho rato después. Como un sabor muy amargo, que se agarra a la lengua con furia de tempestad. Como un buen susto, que te abandona a los jadeos incluso cuando ya pasó, ¿verdad? Como el dolor... que todavía duele.
Igual que todas esas cosas, pero justamente al revés. Eso dicen, que todos los olores son siempre pasajeros, y que envidian la eternidad de los demás sentidos.
Dicen que podría cansarme de olerte. Pero yo me guardo un truco, y me he decidido a engañarles: Cuando te acerques, contendré la respiración hasta la asfixia, para no olerte más con la nariz...

...y para desmayarme en tus brazos.

martes, 9 de noviembre de 2010

In her shoes

Apenas se acordaba de su nombre y nunca supo su apellido. Habían sido compañeras de pasillo y ascensor durante años, pero jamás habían intercambiado más de dos frases incompletas. Si hubiera querido elaborar una lista con todos los detalles que conocía acerca de ella, se habría parecido bastante a la descripción de una conocida lejana.
Sabía que le gustaba vestir de marrón, y que tenía un novio inglés que iba a verla todos los martes y que dormía con ella un fin de semana al mes. Él vivía en otra ciudad, porque a menudo le enviaba postales que el cartero apoyaba sobre los buzones del portal, incapaz de descifrar por completo la eléctrica caligrafía del remitente. Sabía, también, que ella fumaba como un carretero, pero que a sus padres no debía de gustarles mucho, dado el intenso olor a ambientador que anegaba el pasillo cuando ellos estaban de visita. Casi nunca volvía tarde, y era vegetariana, porque en sus bolsas de la compra solamente había verduras, y porque estaba suscrita a una revista vegana que a menudo asomaba por encima del buzón. Trabajaba en casa, pero desayunaba fuera, siempre antes de las diez. Era friolera. Nunca la vio más allá de la entrada del bloque de pisos.
Ella era, a sus ojos, un ser casi irreal, una de esas personas que damos por sentadas; uno más de esos "alguien" que rellenan los huecos de nuestra agenda. La publicidad entre dos episodios. Una figura de las que se adhieren a nuestra rutina y se camuflan con sus paredes.
Sin embargo, la recordaba todos los inviernos. "Ponles esparadrapo en la suela, así no resbalan". Cada vez que se calzaba sus botas de invierno, se apresuraba a su mente el día de lluvia en que las baldosas y su vecina presenciaron el patinazo. Por vergüenza y por celeridad (sobre todo por vergüenza) no le dio ni las gracias por una sugerencia que ya no habría de olvidar. El truco del esparadrapo, que ahora tanto le gustaba, provenía de un borroso cualquiera, de un timbre al azar en el piso. No conservaba un recuerdo tan nítido y recurrente de ningún otro consejo que le hubiera dado en su vida su mejor amiga, su madre, su primer amor, o su hermano. No era más que la vecina de enfrente, pero ya siempre la llevaba pegada a sus talones.