viernes, 11 de enero de 2013

Lo que arrastran los minutos

Conforme empezamos a presenciar las bodas de nuestros amigos, llega también el tiempo de asistir a los funerales de sus parientes. Abuelos, tíos, padres. 
Padres.
Tal vez consigamos conocer mejor a nuestros amigos en el dolor. Tal vez, si no es en el dolor, ya no podamos quererlos más. Me ha asaltado de pronto la convicción absoluta de que algunos de ellos pueden no volver a ser los que un día conocí. Les ha pasado la vida; les ha sucedido lo inevitable y se han quedado un poco vacíos. Me pasará también, estoy segura, y tal vez sea entonces cuando empiecen ellos a conocerme bien a mí. En el dolor, en el centro del desconsuelo.
Es también ésta una prueba para mí como punto de apoyo después de la sacudida. Respetar su pena, su apatía, su tragedia. Olvidarme de mí y de mis sentimientos heridos, de sus ofensas conmigo, porque no tienen valor. Una mala palabra es, a veces, lo mejor que sabrán darme en mucho tiempo.

sábado, 25 de agosto de 2012

Cómo dejar de pensar

Al final de la jornada, ella era la que llegaba a casa enfadada, indiginada, triste. Daba igual si el problema se solucionaba después o no, el daño mayor ya estaba hecho. Él la reprendía con la dulzura de siempre, intentaba acariciar sus nervios y poder así estremecer un poco su sentido del humor. Le decía "qué más da" y cambiaba de postura, o le prometía solucionarlo todo él. Ella envidiaba su capacidad de distancia, su temple, aquella sonrisa indiferente ante los obstáculos y los tropiezos. Sabía que él llegaría a cumplir cien años, y que era mucho más feliz que la mayoría sin tener motivos reales para serlo. Él no era tan consciente de su don, tal vez porque nunca había pasado una noche en blanco. Tal y como lo veía, tu preocupación es un problema añadido al problema que ya tienes. "Al fin y al cabo, todo termina por arreglarse, ¡seguimos vivos!". 
Tampoco le gustaba discutir. Lo hacía en raras ocasiones, evitando el enfrentamiento, porque le delataba, y su careta era su mejor arma. Eludía los conflictos por saberse vencedor sólo con tener la elegancia de evitarlos. 
Ella estaba convencida de que escurriría su vida para intentar que siquiera un ápice de sí misma se asemejara a su compañero de todo; era del mismo modo consciente de que a pesar de sus esfuerzos, jamás lo conseguiría. Eran tan distintos que ambos estaban seguros de que no había en el mundo un candidato mejor a compartir sus días; solamente en esto los dos pensaban igual.


25 de marzo

La piel puede enviar un mensaje mucho más sólido que cualquier imagen. Me acerco a ella, la miro y oigo cómo aún respira. Con más dificultad cada vez, con la boca ya seca. Me acerco, le acaricio la frente, y se me anegan los ojos de pronto. Noto que está ahí, puedo palpar su vida y cómo se escapa sin remedio en cada bocanada de aire ya áspero y ronco. La toco y comprendo que aún está luchando, que no ha dejado de hacerlo; que tiene medio, y que se niega a marcharse.  Está sufriendo, tal vez sin dolor, pero su fiereza superviviente le impide irse en paz. Y pienso entonces que cien años fueron tal vez pocos para una mujer tan firmemente aferrada a la vida.

Me he acostumbrado a verla recomponerse y no termino de convencerme de que vaya a marcharse de verdad. Estos últimos días no son sino el colofón más fiel a toda una vida de silenciosa supervivencia. La mujer que más envejeció y que jamás enfermó no podía alejarse de un revés cualquiera como una vulgar pasajera del mundo. Amó la vida y supo vivirla a su medida, le sobraron tal vez los últimos alientos de agonía, pero en su lecho de muerte demostró que no fue nunca su intención dejarnos.

Buen viaje, abuela.

Duerme, piensa, calla

Ella respiraba suavemente contra el cojín, y el aire caliente de sus pulmones rozaba el muslo desnudo de él. Algunos mechones de flequillo rubio bailaban la música de su respiración. Nariz, flequillo, almohada, pierna. Ese aire que le daba vida a ambos: a ella para respirar, a él para suspirar por ella.
Ya quedaba atrás el arranque de furia de las horas pasadas, dormía ahora sobre el regazo de él como si la tarde no fuera más que una balsa de quietud y tiempo. "Nunca haces nada por mi" resonaba aún en la cabeza de él. Ahora ya no había color en la cara de ella, y sus ojos cerrados no dejaban ver la decepción y el reproche de antes. Las manos de él ya no sudaban.
Hacía rato que dormía, y él no se había movido. Ella descansaba tras el berrinche y él pensaba en cigarrillos.Tenía un paquete entero sobre la mesa, justo delante del sofá. También había un mechero, unas galletas, y el mando de la televisión. El aparato hacía sonar una canción horrible de Amaia Montero (es decir, una cualquiera). Tenía hambre, además. Por desgracia, para alcanzar la mesa tendría que moverse, y echar a perder sin remedio la entrañable postura en la que ahora él le servía de colchón. Sabía que no se movería hasta que ella despertase, y que ella despertaría y no se daría cuenta, pero eso era lo de menos. "Nunca haces nada por mi", lo había dicho como lo sentía, como si lo sintiese de verdad. Él aún no estaba listo para despedirse del calor de su respiración en la pierna. Quería un cigarrillo, una galleta, y quería cambiar de canal. Pero por encima de todo, quería demostrarse que aquella frase no era cierta.

Deudas

(En Granada, por fin, 8 meses después del naufragio)


No es nada nuevo ni original que la pena arrastra más inspiración que la alegría. Uno no siente la necesidad de lanzarse a la desesperada al diálogo con las letras cuando le sonríen los días. Yo me he dado cuenta de que no soy diferente, de que en todo caso sirvo, como mucho, para ser una escritora desgraciada y lánguida, pero prefiero (y lo dejo por escrito) renunciar a lo que más me fascina en virtud de lo que más me enamora. 
Por la presente, renuncio a las baladas de invierno, a los poemas sin nombre, a las canciones de amor desesperadas, a las elegías, a las coplas y a los cuentos de nostalgia. Reniego de esa parcela de las palabras en la que las frases tristes se enlazan casi sin quererlo, en las que la tinta se emborrona (más allá de las metáforas) con las lágrimas del autor. Es fácil rasgar el papel en esas condiciones, en sencillo cuando uno siente que no tiene nada más.
Pero no: hoy quiero desterrarlo de mi prosa, y bien sabéis que adoro las cosas simples. A pesar de todo, lo repudio con el asco y la vergüenza que ayer componían mi caligrafía. No quiero más literatura a ese precio. Prefiero (¡y lo dejo por escrito!) abrazarme a la rima oblicua y aburrida de quien escribe por gusto, por inercia, y no por necesidad. Prefiero, en definitiva, no necesitar ahogar mi pena en sonetos, Prefiero, y quién no, ser una escritora muda, y callar así mi dicha.
Tal vez ahora, sin más remedio, tenga que empezar a creer en dios.


domingo, 25 de diciembre de 2011

¿Cuándo vendrás por aquí?


Uno se imagina que siempre tendrá a la familia cerca, a los amigos esperando y el hígado inmortal. Y uno deja de visitar y de celebrar navidades, y cuando se quiere dar cuenta la resaca es tan arrasadora que hasta le hace sentirse solo. Y cuando llega su cumpleaños y sólo le felicitan por facebook, entiende por qué la gente llama en nochebuena.
Habrá quien no comprenda que no pueda vivir en el agua, yo que fui nadadora profesional. Viajé mucho y deprisa, estuve lejos, pero siempre quise llevar el billete de vuelta en el bolsillo. Y no es la vuelta a mi país, ni a mi ciudad, ni a mi idioma, no es esa la vuelta a mi hogar. Mi hogar es el sofá de tantos y el olor de la sopa de pescado que, al final, nunca me quiero comer. Las zapatillas impares. Las llaves del coche que se ha llevado tu hermano. La película que ya hemos visto veinte veces. Es la última vez que te recojo la ropa. Mi hogar es una casa que pierde y recupera piezas con la misma cantidad de ilusión y pena, porque "ojalá que encuentre un trabajo el niño", pero también, "ojalá que nunca se vaya".
Si mi hogar un día se redujera a cenizas, yo sería feliz acurrucándome en el cenicero. Ya nunca podré volver a abrir su cerradura con la naturalidad de antes, tal vez porque ahora le tengo el truco cogido a otro llavero. Sólo espero que lo que hoy construyo detrás de esta nueva puerta se parezca un poco a lo que me alimentó y sostuvo, porque sería egoísta no compartir este olor a manta de sofá. Ahora ya no tengo el hígado para nocheviejas ni saldo en el teléfono para recuperar a todos los amigos que perdí; ahora ya no tengo a la familia cerca. Pero no hay dinero en el mundo que pueda comprar los momentos que pienso dedicarles, no existen ilusiones por venir que puedan competir con la del regreso.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Adiós, vecino

Si hubiera tenido la suerte de conocerlo mejor, hoy lloraría con más pena, pero con menos rabia. Ya me he perdido para siempre tantas cosas que cansa hasta imaginar. No diré que era perfecto, tampoco importó nunca que no lo fuera. Era auténtico en su singularidad, despreocupado, descarado y escandalosamente agradable. No diré que era el más grande, el crack, el irrepetible, ¡pero si ya lo sabéis! Diré solamente que pasó entre nosotros, fue breve para no cansarnos, y luchó hasta el último suspiro. Esta pérdida es irremediablemente injusta, y no llorarla sería una vergüenza. No llorarla sería de desagradecidos.
Hoy se ha muerto un tío de puta madre. Descansa, te lo has ganado.