No es nada nuevo ni original que la pena arrastra más inspiración que la alegría. Uno no siente la necesidad de lanzarse a la desesperada al diálogo con las letras cuando le sonríen los días. Yo me he dado cuenta de que no soy diferente, de que en todo caso sirvo, como mucho, para ser una escritora desgraciada y lánguida, pero prefiero (y lo dejo por escrito) renunciar a lo que más me fascina en virtud de lo que más me enamora.
Por la presente, renuncio a las baladas de invierno, a los poemas sin nombre, a las canciones de amor desesperadas, a las elegías, a las coplas y a los cuentos de nostalgia. Reniego de esa parcela de las palabras en la que las frases tristes se enlazan casi sin quererlo, en las que la tinta se emborrona (más allá de las metáforas) con las lágrimas del autor. Es fácil rasgar el papel en esas condiciones, en sencillo cuando uno siente que no tiene nada más.
Pero no: hoy quiero desterrarlo de mi prosa, y bien sabéis que adoro las cosas simples. A pesar de todo, lo repudio con el asco y la vergüenza que ayer componían mi caligrafía. No quiero más literatura a ese precio. Prefiero (¡y lo dejo por escrito!) abrazarme a la rima oblicua y aburrida de quien escribe por gusto, por inercia, y no por necesidad. Prefiero, en definitiva, no necesitar ahogar mi pena en sonetos, Prefiero, y quién no, ser una escritora muda, y callar así mi dicha.
Tal vez ahora, sin más remedio, tenga que empezar a creer en dios.
