lunes, 15 de noviembre de 2010

el eterno pasajero

Dicen que el olfato se vicia. Que si aspiras el mismo aroma durante un buen rato, tu nariz se fatiga y deja de intentar convencerte.
Como una ráfaga de luz, que te ciega unos segundos; o como un sonido tan agudo que sigue imantando pitidos mucho rato después. Como un sabor muy amargo, que se agarra a la lengua con furia de tempestad. Como un buen susto, que te abandona a los jadeos incluso cuando ya pasó, ¿verdad? Como el dolor... que todavía duele.
Igual que todas esas cosas, pero justamente al revés. Eso dicen, que todos los olores son siempre pasajeros, y que envidian la eternidad de los demás sentidos.
Dicen que podría cansarme de olerte. Pero yo me guardo un truco, y me he decidido a engañarles: Cuando te acerques, contendré la respiración hasta la asfixia, para no olerte más con la nariz...

...y para desmayarme en tus brazos.

martes, 9 de noviembre de 2010

In her shoes

Apenas se acordaba de su nombre y nunca supo su apellido. Habían sido compañeras de pasillo y ascensor durante años, pero jamás habían intercambiado más de dos frases incompletas. Si hubiera querido elaborar una lista con todos los detalles que conocía acerca de ella, se habría parecido bastante a la descripción de una conocida lejana.
Sabía que le gustaba vestir de marrón, y que tenía un novio inglés que iba a verla todos los martes y que dormía con ella un fin de semana al mes. Él vivía en otra ciudad, porque a menudo le enviaba postales que el cartero apoyaba sobre los buzones del portal, incapaz de descifrar por completo la eléctrica caligrafía del remitente. Sabía, también, que ella fumaba como un carretero, pero que a sus padres no debía de gustarles mucho, dado el intenso olor a ambientador que anegaba el pasillo cuando ellos estaban de visita. Casi nunca volvía tarde, y era vegetariana, porque en sus bolsas de la compra solamente había verduras, y porque estaba suscrita a una revista vegana que a menudo asomaba por encima del buzón. Trabajaba en casa, pero desayunaba fuera, siempre antes de las diez. Era friolera. Nunca la vio más allá de la entrada del bloque de pisos.
Ella era, a sus ojos, un ser casi irreal, una de esas personas que damos por sentadas; uno más de esos "alguien" que rellenan los huecos de nuestra agenda. La publicidad entre dos episodios. Una figura de las que se adhieren a nuestra rutina y se camuflan con sus paredes.
Sin embargo, la recordaba todos los inviernos. "Ponles esparadrapo en la suela, así no resbalan". Cada vez que se calzaba sus botas de invierno, se apresuraba a su mente el día de lluvia en que las baldosas y su vecina presenciaron el patinazo. Por vergüenza y por celeridad (sobre todo por vergüenza) no le dio ni las gracias por una sugerencia que ya no habría de olvidar. El truco del esparadrapo, que ahora tanto le gustaba, provenía de un borroso cualquiera, de un timbre al azar en el piso. No conservaba un recuerdo tan nítido y recurrente de ningún otro consejo que le hubiera dado en su vida su mejor amiga, su madre, su primer amor, o su hermano. No era más que la vecina de enfrente, pero ya siempre la llevaba pegada a sus talones.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Al callar

Hay descansos que agotan. Y pausas que aceleran. Hay silencios que hablan demasiado, cuando eres tú el que calla. Dejas en el aire una frase inacabada que insinúa el fin del primer tiempo, y esperas a que surta efecto, dilatando su intensidad con cada segundo que fluye. Mientras, sólo un tenue gimoteo infecta la mudez de nuestra plática.
Ese intervalo no es más que un nido de mentiras. Me envenena la cabeza con proyectos de finales, me obliga a imaginarme un después de ti. Y lo cierto es que después de ti, solamente nace el vacío.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Con las gafas de colores

En un día como hoy, me sorprende darme cuenta de que hay tantos que se parecen entre sí, y algunos que se parecen tanto que, en definitiva, nadie se parece a mí.
Nadie pasa desapercibido con un escándalo tan rotundo, y nadie sabe mentir cargando tanta certeza. Yo no miro para ver, sino para ser vista; y cuando quiero observar, entonces soy invisible.
Poco importa ya la indiferencia destructiva del resto, su crítica inagotable, su eterna comparación. Todo ello es igual de implacable ante la suficiencia y ante la autocompasión. No se premia la modestia, ni se halaga la discreción, ¿quién quiere entonces ser mudo? Prefiero saberme auténtica, inaccesible incluso para mí misma, ¡qué mejor revelación!
Mi autenticidad, lo sé, no es única ni original; sí lo es mi admiración por ella. En un día como hoy, en el que las antiguas divas se muestran cada vez más rubias, y los antiguos héroes parecen cada vez más flacos, soy por fin consciente de que jamás debí imitar.

viernes, 1 de octubre de 2010

La historia de la calabaza


No entiendes por qué zumba en tu oreja que ya no me acuerde de ti. Siempre estuviste segura de que un día termina exactamente a las doce en punto, se transforma en pasado, y ya no puede hacerte daño. Y esa ingenuidad que se disfraza de frío te hace a veces tiritar.
Sabes que no voy a regalarte el consuelo. Tú no me envidias, ni la envidias a ella, así que no te haré nunca ese favor. Pero aprender a olvidarte no fue un trabajo meticuloso, sino un acto reflejo. Pasadas las doce campanadas, ya no quedó cenicienta que perseguir, y yo me negué a ser el príncipe del plantón de cuento. No éramos especiales, ni mágicos, no teníamos banda sonora ni retocábamos las fotos para fingir eternidad. Éramos dos ansiosos intentado abrir una cerradura a oscuras.
Con la llave equivocada.

Así que dile a tu ego que deje de merodear vidas ajenas, ya no pinta nada ahí.


domingo, 22 de agosto de 2010

Adiós

Porque acabo de darme cuenta:
No merece la pena seguir siendo sólo una parte de algo que ni siquiera es un todo.

viernes, 13 de agosto de 2010

Allí




Parece que te transformas cuando miras a otro lado.
Y yo entonces creo adivinar que es allí, donde miras, donde te empujan los deberes;
y que es aquí, de donde alejas la mirada, donde te libera el ocio.

Cómo saberlo, si en uno de los dos lugares mientes, y yo no averiguo a cuál pertenezco.
Me basta, sin embargo, con saberme lejos de "todo-lo-demás". Con estar al otro lado de la puerta, aunque la tengas cerrada con llave y no me dejes asomarme. Me contento con que sugieras que me quede donde estoy, y me intentes convencer de que es mucho peor la alternativa. Aunque yo sepa que no es cierto, tú te esfuerzas en que lo parezca.

Sí, ese esfuerzo es, a todas luces, mi recompensa.