miércoles, 9 de marzo de 2011

Estimada mujer adulta:

Es usted, como bien le enorgullece admitir, defensora acérrima de lo que denomina libertad individual. Usa hipérboles para sustentar sus discursos, usa ideas para adornar su mente, y yo contengo una risa indulgente. Me consta que se cree capaz de recomendar y desaconsejar, de trazar un camino común para aquellas que, como usted, quieren sentirse libres de ataduras y dueñas de su destino. Tal vez no se haya dado cuenta de la enorme contradicción que encierra su actitud: no hay vías comunes para la individualidad. Pero no es ésta mi pretensión.
Hace tiempo que se viene repitiendo esa declaración que tan única consideran quienes la claman. Ese lema que defiende, entre líneas, que es atrasado y nocivo que una mujer anude sus raíces y mine sus perspectivas, que somos dueñas y señoras del curso que tomen nuestras vidas y que tenemos la responsabilidad de manejar nuestro destino, sin privarnos, sin depender, solas. Que, en pocas palabras, nunca dejemos nada por nadie.
Yo me pregunto, sin afán de contradecir, si es tan despreciable compartir las decisiones. ¿Merece tanta condena no pensar sólo por mí? No creo que exista mujer más independiente que aquella que elige renunciar, ni mayor acto de control que el de salirse del camino marcado en pos de un futuro incierto, acompañado. Habré de presenciar tantas historias bonitas acabar en un aeropuerto, o en mitad de una línea de teléfono. Y tendré que seguir aguantando que me reprochen falta de valor por haber tomado la decisión que me hizo feliz. Mientras, tantas "valientes" como usted se mueren de celos y pena, viviendo su futuro, asiendo las riendas de su vida, tristemente satisfechas por no haber dejado pasar "su oportunidad". No tendré necesidad de explicarles que yo estoy aprovechando la mía, y que no necesito ser infeliz para "vivir sin ataduras". Prefiero amarrar mis riendas al buzón de mi portal. Saberme sana, adulta y fuerte, y tener a quien contárselo al final de la jornada. Yo uso hipérboles para adornar mi discurso, uso ideas para sustentar mi mente, y usted ladea la cabeza. Y me pregunto, sin afán de sonar arcaica, si debo sentirme culpable por elegir ser feliz.